lunes, 11 de diciembre de 2017

El feísmo gastronómico

Un movimiento casi telúrico como el feísmo no podía pasar desapercibido en la gastronomía

Galicia es un país repleto de artistas, gente creativa que interviene en el paisaje de manera natural, como ejerciendo un derecho inherente a su origen. Así, los paisanos de Valle-Inclán podemos encontrarnos auténticas creaciones paisajísticas entre lo esperpéntico y el arte povera, expresiones que evitan la comparación con estampas tan cuidadosamente aburridas como la Suiza. Galicia no sería Galicia sin los cierres de finca somier o los abrevaderos bañera, por citar algunos conocidos.


Para un país como el nuestro (España) en el que absolutamente todo se crea, se destruye y se transforma alrededor de una mesa, un movimiento casi telúrico como el feísmo no podía pasar desapercibido en la gastronomía. Entiéndanme bien. Soy un defensor de las fiestas gastronómicas que promueven las bondades del producto local y favorecen que los productores sean los auténticos protagonistas de su historia. Porque producir grelos, patatas o castañas puede convertirse en una historia de amor. ¿Qué decir de esas fabas de Lourenzá que se deshacen en la boca como una delicatesen? Ante un manjar así, solo cabe la reverencia.

Nada que ver con ese tipo de festejos producto de la genialidad del concejal de turno, exaltaciones de temática diversa que lo mismo sirven para glorificar el huevo frito que el filete con patatas. Son perfectamente reconocibles porque, una vez elegida una temática lo suficientemente fea o absurda, requieren tres ingredientes fundamentales para alcanzar el surrealismo. El primero es colocar en cada farola un cartel lo bastante amarillo como para deslumbrar al visitante que se acerca en coche. El segundo es ubicar una grandiosa carpa de plástico cutre-luxe en un lugar céntrico o prominente. Por último, y tras obtener un éxito rotundo debido a la gran afluencia de turistas medio ciegos por la repetitiva absorción óptica del cartel amarillo, resulta obligado comprar el producto fuera y venderlo como propio. «¿Entonces... estas cigalas son de aquí?». «Sí, claro, de aquí, de Europa...».

Llegados a este punto, lo realmente relevante es mantener el listón. ¿Qué podemos hacer el año que viene para consolidarnos en lo «hit de lo feo»? Yo lo tengo claro. Nada como programar un show coocking con un concursante de MasterChef o, en su defecto, con un cocinero con estrella Michelin que deconstruya el filete.

PEPE VIEIRA
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