miércoles, 8 de noviembre de 2017

El silencio dulce

Están ahí, a nuestro lado, pero no podemos verlas. Tampoco oímos el rumor de sus oraciones, ni escuchamos su canto al alba, tan madrugador. Siempre creímos en ellas porque nos habían dicho que existían. En cierto modo, era una cuestión de fe. Pero un día, siendo muy niños, fuimos sin querer hasta el convento de San Paio, y con todo muy a oscuras, nos impresionó la voz de una anciana que le daba la vuelta a un torno y nos devolvía una caja de pastas como un tesoro, igual que si fuera un cofre de monedas de mantequilla.


 Aquel día comprobamos que era cierto y que aquellas misteriosas señoras no eran como los elfos u otros seres imaginarios de la infancia sino que existían de verdad. Nadie hace dulces como las monjas de clausura. Cada vez que suenan las campanas de San Paio, en el corazón del casco histórico de Santiago, puedo imaginarlas ordenando las galletas en una bandeja. Tal vez haya pocas cosas más sobrecogedoras que oír el canto gregoriano de las benedictinas. Es afinado, melodioso y emocional. Una música que describe esa misteriosa vida interior de retiro, plácida, como un corazón que late a pocas pulsaciones en un lugar que huele a esas tardes de invierno en las que amasaba la abuela.


En Santiago hay varios conventos de clausura: también están las Mercedarias, el Carmen y Santa Clara. Si algún turista me pregunta por una pastelería, sin dudarlo, lo mando a San Paio, donde hay más de una treintena de maestras reposteras. Llega un momento en que la adhesión inquebrantable a esos dulces se convierte en una religión. Y entonces ya todo vuelve a ser una cuestión de fe.


MARIO BERAMENDI 

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